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miércoles, 17 de febrero de 2016

Nuestros derechos culturales, también son derechos humanos @Ivette Durán Calderón

@Ivette Durán Calderón


La cultura es un tema de dignidad humana,  ejercer libremente nuestro legítimo derecho cultural, nos permite contar con una identidad, formar parte de una comunidad y mostrar su diversidad cultural en cualquier territorio con la premisa de proteger la dignidad humana.

Nuestros derechos culturales, contemplan en sí mismos, una serie de obligaciones que adquieren los países con el fin de respetarlos, protegerlos, garantizarlos y promoverlos a través de la adopción de medidas específicas para la implementación de políticas de Estado, claramente definidas respecto de tales derechos. Son exigibles y no deben ser vulnerados.

Nuestros derechos culturales están reconocidos a nivel internacional, nacional y local a través de varios instrumentos jurídico-legales como ser: El Pacto Internacional de derechos Económicos. Sociales y Culturales, entre otros; la Carta Magna o Constitución Política de  los diferentes países y asimismo, les Leyes, Normas, Decretos y disposiciones varias.

De hecho, la Declaración Universal de los Derechos Humanos  cita en sus Arts. 22 y 27 la satisfacción de los derechos culturales y la participación en la vida cultural de la comunidad. La Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural establece que la cultura es el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social que abarca además de las artes y las letras, los modos de vida, las maneras de vivir juntos, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. Citamos también la Observación General No. 21 del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; y la Declaración de Friburgo sobre los Derechos Culturales, una iniciativa de la sociedad civil emitida en 2007.

Debemos entender como identidad cultural a todo el conjunto de referencias culturales por el cual una persona individual o colectivamente, se define, se constituye, comunica y entiende ser reconocida en su dignidad. Asimismo, los derechos humanos son los atributos inherentes a la dignidad humana reconocidos y protegidos por el marco jurídico local, nacional e internacional.

Siendo nuestros derechos culturales, parte de los derechos humanos, debemos aprender a defenderlos dentro de diferentes espacios culturales donde pueden darse posibles vulneraciones, como ser que nieguen a la ciudadanía del uso de algún espacio público asignado precisamente, para fines culturales, sin que medien razones legales ni argumentadas. Asimismo, cuando los inmuebles que albergan bibliotecas o centros de cultura públicos son cerrados o sus actividades sean suspendidas indebida y/o arbitrariamente.

Tenemos derecho a acceder a la información pública sobre cultura, incluyendo los montos asignados (subvenciones, aportes, colaboraciones) a la cultura y programas públicos.

En cuanto a las actividades culturales, propiamente dichas,  recordemos que cuando los talleres culturales lúdicos o recreativos programados y organizados en espacios públicos, se suspenden o cierran sin motivos justificados, están vulnerando nuestros derechos. Lo mismo ocurre si nos imponen cobros indebidos o abusivos para acudir a inmuebles del patrimonio inmobiliario cultural.

Todos tenemos derecho al acceso a la cultura, asimismo, tenemos derecho al ejercicio de nuestros derechos culturales, por ello las autoridades pertinentes deben promover a los medios para la difusión y desarrollo de la cultura en todas sus manifestaciones y expresiones, respetando además la libertad creativa en sus diferentes manifestaciones.

Podemos disfrutar de nuestros derechos culturales  si nos permiten el acceso a diferentes actividades culturales; si nos permiten expresar y desarrollar nuestra propia identidad cultural y nuestras actividades artísticas de manera libre; si no nos discriminan en la vida cultural, si nos permiten participar libremente en las actividades culturales; si respetan y reconocen la diversidad cultural, la conservación y la promoción de las tradiciones;  si gozamos y disfrutamos de los beneficios del progreso científico y de sus aplicaciones; si promovemos y gestionamos los bienes y servicios culturales y si protegen nuestros derechos de autoría.

Concentrar los espacios culturales en algunas zonas que se consideran privilegiadas, va en contra de la obligación de garantizar los derechos culturales de las personas y comunidades, precisamente de eso trata la Declaración de Friburgo, ya que enfatiza en que la cultura comunitaria da cuenta del ejercicio de estos derechos humanos en los distintos espacios y puntos masivos de encuentro social. Este proceso genera comunidad, fomenta una cultura de paz, fortalece los lazos de socialización, construye ciudadanía e impulsa la libertad de ejercer los derechos humanos en el territorio.

Declaración de Friburgo: 1. Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten. 2. Toda persona tiene derecho a la protección de los intereses morales y materiales que le correspondan por razón de las producciones científicas, literarias o artísticas de que sea autora.

El actor cultural no solo es el artista, somos todos.
(Ponencia 16/02/2016 Pontevedra, Galicia, España)





miércoles, 28 de octubre de 2015

Vivir es un arte... @ Ivette Durán Calderón



Hacer planes, tomar previsiones para el futuro ¿quién no lo hace? Ya mecanizados en este mundo robotizado e informático se nos ha hecho una costumbre agendar nuestras actividades, desde un itinerario de actividades domésticas, hasta las más sofisticadas, pasando por las laborales. ¿Cuántas frustraciones dejamos pendientes, al presentar algún imponderable que impide cumplir el calendario de actividades autoimpuestas voluntariamente?


Diría alguien: ¿es que acaso tenemos la vida comprada? No se trata de pesimismo ni de mala voluntad, simplemente que según el ritmo en el que nos desenvolvemos, es mejor tomar las cosas como vienen, organizando más que planificando. El planificar toma más tiempo del que se necesita para ejecutar la acción propiamente dicha.


Fiel seguidor de las escuelas estoica y epicúrea, aunque se mostró epicúreo circunstancial,  Séneca, a través de sus silogismos y estremecedoras frases, reduce la muerte a nada. (así “ningún mal es grande si es el último”) Habla del suicidio, la muerte voluntaria, la libertad de morir, anticipándose a la tan controvertida eutanasia de nuestro tiempo.


Nos deja reflexionando algo tan acertado como aterrador: que es el ser humano el que vive quejándose de lo corta que es la vida, sin darse cuenta que es él quien se encarga de acortarla con sus vicios y sus desidias.


Séneca en su De brevitate vitae, nos invita a una permanente reflexión sobre nuestra forma de vivir. Comparto con vosotros su exordio, leedlo:


“¿Qué va a pasar?”  “tú no ti enes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y para ella, quieras o no quieras, vas a tener todo el tiempo del mundo”


El arte de vivir



1. En primer lugar, sin embargo, pongo en la lista a aquellos que no tienen tiempo para ninguna cosa que no sea el vino y la lascivia, pues no hay nadie que se emplee en nada más vergonzoso. Los otros, pese a que se dejan dominar por una vana imagen de honra, yerran sin embargo con lucimiento; aunque me menciones uno a uno los avaros, los iracundos o los que practican odios injustos y guerras, todos esos pecan muy virilmente: la podredumbre de los que se entregan al vientre y a la lascivia es deshonrosa.

2. Pasa revista a todos los momentos de esos, mira cuánto tiempo están haciendo cálculos, cuánto están acechando, cuánto temiendo, cuánto haciendo visitas, cuánto recibiéndolas, cuánto tiempo les ocupan las citaciones propias y las ajenas, cuánto los banquetes (que como tales son ya obligaciones): verás que no los dejan respirar ni sus asuntos malos ni tampoco los buenos.

3. En fin, todos están de acuerdo en que ninguna cosa se puede practicar por parte de un hombre ocupado, ni la elocuencia, ni los saberes liberales, ya que un espíritu agobiado no asimila nada con profundidad sino que lo rechaza todo como impuesto. Nada concierne menos al hombre ajetreado que el vivir: en ningún otro asunto es el conocimiento más difícil. Los que profesan otras disciplinas son muchos y del montón; incluso en algunas de ellas hay niños que parecen aprenderlas de manera que hasta podrían enseñarlas: a vivir hay que estar aprendiendo toda la vida y, algo que te va a extrañar más, toda la vida hay que estar aprendiendo a morir.

4. Tantos hombres grandes, abandonando toda impedimenta, después de haber renunciado a riquezas, cargos, placeres, practicaron hasta el final de sus días eso tan solo de saber vivir; sin embargo, la mayoría de ellos salió de la vida admitiendo no saberlo todavía; así que mucho menos habrían de saber vivir esos otros hombres corrientes.

5. Créeme, es propio de un personaje grande y levantado por encima de los extravíos humanos no consentir en que le sorban ni una pizca de su tiempo, y su vida se hace larguísima justamente porque toda su abierta extensión queda disponible para él solo. Nada por eso quedó tirado sin cultivar ni laborar, nada dependió de otro, pues no halló nada que mereciera tomarse a cambio de su propio tiempo un hombre que era su depositario más ahorrativo. De esta manera tuvo bastante: en cambio es forzoso que queden escasos aquellos de cuyas vidas la gente toma mucho.

6. Y no tienes por qué deducir de esto que alguna vez no vean sus pérdidas: a los más de esos que se ven gravados por una gran prosperidad, en medio de catervas de clientes o en trámites de pleitos y otras honrosas miserias, exclamar en ocasiones: «No se me permite vivir».

7. ¿Cómo que no se te permite? Todos esos que te llaman como asesor legal te despojan de tu propia persona. Aquel encausado ¿cuántos días se llevó? ¿Cuántos aquél candidato? ¿Cuántos aquella vieja cansada de enterrar herederos? ¿Cuántos aquél que para incomodar la avaricia de los cazatestamentos se finge enfermo? ¿Cuántos aquel amigo más influyente de la cuenta que no os tiene para ser amigos sino para exhibiros en su comitiva? Revisa y calcula, repito, los días de tu vida: verás que entre las manos te quedan bastante pocos y desechables.

8. El que logró los fasces ansiados quiere al punto dejarlos y anda diciendo: «¿Cuándo pasará el año?» Otro organiza unos juegos que él consideró en mucho que le tocara en suerte darlos. «¿Cuándo» —dice— «escaparé de esta historia?» Otro como abogado defensor se desbarata por todo el foro y lo llena todo con tan gran concurrencia que no alcanza a que le oiga toda ella. «¿Cuándo» —dice— «se aplazarán estos asuntos?» Cada cual acelera su vida y padece añoranzas del futuro y hastío del presente.

9. En cambio aquel otro que no hay momento que no aproveche para sus propias cosas, que organiza cada jornada como si fuera la última, ni anhela el mañana ni de él recela. Pues ¿qué nuevo deleite queda que pueda aportártelo ninguna hora? Todo ya se conoce, todo ya se ha experimentado hasta la saciedad; del resto, que la pura suerte disponga como quiera. La vida está ya en seguro; a ella se le puede añadir, no sustraer nada; y añadirle será como poner algo más de comida al harto y lleno: toma lo que ya no desea.

10. No tienes por qué pensar en razón de sus canas y arrugas que alguien ha vivido mucho tiempo: ése no ha vivido mucho, sino que ha estado ahí mucho tiempo. ¿Qué pasaría si pensaras que ha navegado mucho uno al que una tempestad muy dura al salir del puerto lo arrastró de acá y para allá y con los tumbos de unos vientos que arremeten por puntos opuestos lo mueve en círculos dentro del mismo espacio? Ése no navegó mucho, sino que lo han zarandeado mucho.
                                                                                                                                 SÉNECA
(Sobre la brevedad de la vida)

                                                                                                

sábado, 24 de mayo de 2014

Sempiterna agresión rastrera © Ivette Durán Calderón


@Ivette Durán Calderón

El hombre es por antonomasia un ser social, ya que puede y debe vivir en sociedad; para ello ha establecido normas que se han ido mejorando con el transcurrir del tiempo y con el progreso mismo de la humanidad.



Basándonos en las enseñanzas del filósofo francés Felicien Challaye, consideramos importante entender que para vivir en paz y buscar la felicidad, es necesario ser tolerantes con los errores ajenos, practicar la solidaridad e impartir justicia como un ideal importante del esfuerzo humano.

En el entendido de que el sentimiento que nos lleva a no perjudicar a otro es el de la justicia, al sentimiento que nos impulsa a hacer bien a los demás se le puede llamar caridad, entendiéndose por tal, el amor a los otros hombres sin que intervenga el amor de Dios. 



De ordinario los deberes del hombre para con la humanidad se dividen en deberes de justicia y deberes de caridad.


Los deberes de justicia son comúnmente negativos pues consisten en abstenerse antes que en obrar y se expresan por medio de negaciones: no matar, no robar, no hacer el mal, no mentir.

De hecho, la justicia es el respeto al derecho o a los derechos del otro. Asimismo, la justicia ha sido definida como el sentimiento que nos impulsa a no hacer daño a los demás, siendo precisamente justos.

EL vocablo es aplicable a los seres humanos y a las sociedades puesto que el hombre justo procura no hacer a los otros lo que a él no quisiera que otros le hiciesen. Una sociedad justa es una sociedad en que los derechos de todos son igualmente respetados.

De un modo general, los deberes de justicia consisten en respetar la vida de los demás, su libertad, su facultad de pensar libremente, su propiedad, su honor, los contratos suscritos y las promesas hechas.

Es verdad que nuestro honor salvaguardado dentro de nosotros mismos, se hallará libre de todo ataque exterior, y además, es injusto privar a los demás del beneficio de la buena reputación motivados por intereses mezquinos, sean éstos políticos o simplemente personales. En este aspecto se condenan la injuria y el ultraje; la maledicencia que da a conocer malvadamente las intimidades y faltas de otro; la delación que denuncia secretamente la comisión de faltas que las autoridades pueden castigar; la calumnia que une la maldad con la mentira y puede llegar a ocasionar estragos en las familias y en las naciones. En suma, son censurables todos los actos que dañan el honor.

La calumnia y el daño al honor son temas ancestrales y tan antiguos como la humanidad, son el arma favorita de los traidores, gratuitos detractores, fracasados, mediocres y de los envidiosos. Con demasiada frecuencia se comete el error de decir: "no hay humo sin fuego" es entonces cuando los difamadores pérfidos aprovechan este estado de espíritu al repetir esta frase: "calumnia, calumnia que algo queda". En contraposición es conocido el axioma: "un brillante brilla hasta en el basural".

Dañar el honor es la sempiterna agresión rastrera y furtiva de quienes son incapaces de enfrentar a sus enemigos de frente y sin temor a las consecuencias. Recordemos que la calumnia y sus consecuencias son el tema central de la obra clásica "Otelo" de William Shakespeare.

Sin embargo, es preciso aclarar que cuando se presenta un caso de verdadero interés nacional  como ser la falta de honradez de ciertos hombres públicos y la denuncia va acompañada de pruebas, las responsabilidades consecuentes van implícitas; el cumplimiento de este deber constituye un acto tanto más meritorio, cuanto mayores son los riesgos de los que va acompañado.

¿Cómo comportarnos con quien nos ha hecho daño o nos ha ofendido? La moral religiosa de Cristo y de Buda nos dicen que "hay que ser indulgente y perdonar"; idea aceptable, sin embargo, no confundamos el perdonar con nuestro deber de  precautelar nuestros derechos y defender nuestro honor cuando éstos son vulnerados, violados, vejados o vilipendiados.

El pensamiento del célebre Confucio parecer ser menos idealista cuando se trata de "devolver bien por bien y justicia por injusticia" acotando su magnánima sentencia: "deseo larga vida a mis enemigos…para que contemplen mis éxitos".